Gaviota y nube
Va volando una gaviota por la
Gaviota y nube
Terror
¡Maldita
sea! No se porque me dio por quedarme hasta tan tarde en ese sucio y maloliente
bar, hablando mierda con ese grupo de borrachos degenerados y con aspecto de
mendigos. Allá estarán; echando humo
como locomotoras viejas y pelando sus amarillentos, deformes, sucios y escasos
dientes. ¡Pendejo que es uno! Aguantar
ese olor acre de sus sobacos y el sudor añejo de sus raídos trapos.
Entro y de un salto caigo sobre mi desvencijado lecho. ¡Y aquí estoy ya! Pero esa cosa está por aquí, siento su presencia. Y los malditos allá en el bar cagados de la borrachera; pero sin miedo.¡Oh! ¡Aquí está otra vez! De pie junto a mi lecho. Sus ojos como brasas. El relámpago deja ver su rostro… La calavera blanquea. Y esas manos huesudas, de uñas largas y filosas como navajas que se acercan a mi garganta, que me aprietan, que me ahogan, que me matan.
¡A
g..g..g..g..g. g!
Poeta…Detente…
Templa tu
lira, tu doliente lira y escucha atentamente a la negra musa de la melancolía.
Observa como
pasa por la calzada triste la pobre humanidad envuelta en polvaredas y
humaredas fatales, venenosas, letales.
Mira…Ahí va
un niño negro, esqueleto viviente, de ojos desorbitados y boca agonizante
oculta entre las moscas inmundas y zumbantes.
Un
estudiante avanza que no ha desayunado; que no ha desayunado como otros en su
clase; a su lado un obrero, huérfano de esperanzas va gritando cual loco
exigiendo sus pagos.
Va un rico empobrecido
tres veces secuestrado por altivo y
avaro; por avaro y soberbio secuestrado tres veces.
Va una madre
llorosa con sus pechos vacíos apuntando al eterno, quien silenciosamente no ha
escuchado sus quejas.
Va una
señora noble que se ha prostituido y con ella una niña harapienta, violada;
víctima que no entiende del incesto malvado.
Políticos
corruptos, gobernantes corruptos, militares corruptos, religiosos corruptos,
etcétera corruptos, en carrera imparable
hacia el abismo ardiente.
Niños,
jóvenes y viejos envueltos en el fango de de amargas inconciencias y vicios
putrefactos matones de la vida, corren al precipicio de eternas perdiciones.
Y tú…
Oh! dolido
poeta, habitante de arcanos.
Oh bardo
soñador, amante de tristezas.
Oh aeda
solitario pensativo y doliente, que haces ahí en la acera. Impotente….Lejano.
Esgrimiendo
tu pluma. Pidiendo amaneceres de amor, de paz y de justicia. Soñando en
ilusiones, amando a lo infinito y buscando a un Dios perdido.
Mirando con
tristeza la turba enloquecida que va llegando ciega al averno infamante de
orates dominantes. Pirómanos del mundo con armas que aceleran su destrucción
ardiente.
Y caerá el
silencio…Y cubrirá la noche…
Y ya no
habrá más vida…Y reinará la muerte.
Fin
y en tu cruel soledad triste y llorosa,
vas deshojando la fragante rosa
de tu dolor y tus amargas penas.
He de volver… y en horas tiernas, plenas
de inmenso amor decirte que eres diosa
con dulces versos o
elegante prosa
en noches azuladas y serenas
Acariciar tu cabellera blonda,
unirme a ti con amorosos lazos
mientras se escucha del reloj su ronda.
Y a tenue luz del lampo de la mesa,
descansar quiero entre
tus suaves brazos
inclinando en tu pecho mi cabeza.
Encuentro
amargo
arroje contra ella la primera piedra-
Juan 8-7
La
ciudad, con sus interminables calles iluminadas por la blanquecina luz de las
lámparas de mercurio, y por las intermitencias de los avisos de neón, se envolvía en una espesa niebla de
soledad y silencio. Solamente, en los diferentes centros de diversión se
escuchaban las notas de las orquestas y de los stereos con las que los amigos de la vida nocturna
trataban de olvidar sus preocupaciones y sus penas. Con la cabeza gacha y con
las manos entre los bolsillos, los
ebrios caminaban por el centro de la
vía rumbo a sus quizás empobrecidos
hogares.
La
noche de aquel sábado había avanzado mucho cuando (después de haber estado en
otros sitios de diversión) ingresaba yo en compañía de dos amigos a la casa de
citas “Nelly” en cuya sala, amplia y
perfectamente decorada, estaban sentados sobre sillones
abollonados y finos los clientes de aquel burdel en compañía de ultrajadas
mujeres que traficaban con sus cuerpos, quizás por no dejarse morir de hambre
al no tener otra alternativa en su dura y viciosa vida.
Cada
una de las mesas estaba surtida con licores abundantes y variados. El humo de
cigarrillo inundaba el salón, humo que
al mezclarse con la escasa luz que irradiaban las pocas lámparas que allí
había, formaba una tenue nube roja que cubría todo aquel lugar.
El
olor era una mezcla de perfumes, tabaco y licor en las más variadas formas. Los
besos y las caricias cargadas de lujuria, era la nota predominante en aquel
lupanar donde llegaban como llegamos nosotros
toda clase de bohemios; unos, quizás huyéndole a problemas conyugales;
otros, en busca de nuevas aventuras o quizás con ánimo de comprar por unos
cuantos pesos algunos momentos de frío y metálico amor, o por simple y llana
curiosidad.
En
el fondo, y sobre una pequeña pista de baile construida en madera, tres parejas
danzaban (tan juntos que parecían uno solo) al ritmo lento y cadencioso de un
bolero romántico y tristón cuyas notas impregnaban el adormecido ambiente.
Aquellos falsos enamorados tenían muy poco para decirse. La risa nerviosa de
alguien se escuchaba en algún sitio de aquel lugar de vicio y de sexo, donde
los clientes trataban de explotar al máximo la mercancía que habían tomado en
alquiler. Cada uno de los compañeros de farra
ocupó su respectivo asiento alrededor de una mesa de vidrio sobre la
cual, la dueña del establecimiento colocó una botella de ron cuyo contenido escaseaba rápidamente en cada brindis, y
allá, junto al mostrador, cuatro meretrices esperaban el llamado
de los clientes.
De
pronto, un hombre ya maduro, de escasos cabellos y bigote negro, con una seña
de su dedo índice invitó a su mesa (contigua a la nuestra) a una de las damiselas que mostrando sus encantos
charlaba animadamente con sus compañeras.
La mujer, con un falso movimiento de caderas, se sentó muy cerca de
aquel que se había interesado en ella.
El
licor empezaba a hacerme efecto, y en medio del sopor, observé detenidamente a
aquella que al sentarse había quedado exactamente frente a mí. Sus cabellos
rubios estaban perfectamente peinados para la ocasión. Sus labios sensuales
pintados de rojo combinaban perfectamente con el resto de su maquillaje,
maquillaje que ocultaba un rostro de
exquisita belleza deformada no solamente por los años, sino por las largas e
innumerables noches perdidas en el licor y en el sexo.
FIN